lunes, 15 de julio de 2013

Sobre el "Comentario a la Isagoge de Porfirio" de Boecio

   El tema de los universales tuvo su origen en Aristóteles, y es, en principio, una cuestión lógico-predicamental, ya que en De la Interpretación el filósofo define a lo universal como lo que es apto para ser predicado de muchos, en contraposición con lo singular; aunque la cuestión cobra un matiz ontológico al usar el término res para referirse a lo universal, es decir, distingue entre “cosas” universales y “cosas” singulares. En esta forma de nombrar lo universal, encuentra Porfirio, un punto “problemático” que prefiere no abordar (ya que solo se ocupará del carácter lógico) y que abrirá la discusión sobre el problema de los universales: la subsistencia ontológica del universal.
      El texto que plantea por primera vez este problema es la Isagoge, de Porfirio, texto que escribe para el estudio de la lógica y la comprensión de las categorías aristotélicas, que resultan útiles para dividir, definir y demostrar. En él describe cinco voces universales: género, especie, diferencia específica, propio y accidente. Y como dice ocuparse solo del aspecto lógico, que es su objetivo, explica que no intentará elucidar la cuestión de si los géneros y especies subsisten o forman parte del mero pensamiento; si son corpóreos o incorpóreos y de si subsisten separados de la realidad sensible o son inmanentes a ella. Pero aunque señale no ocuparse de ello, sin embargo, lo hace al caracterizar claramente los modos posibles de existencia del universal, incluso obturando él mismo algunas opciones en su planteo, por lo que Porfirio señalaría que los universales subsisten ontológicamente y son incorpóreos. Deja sin resolver, sí, la cuestión de si subsisten separados de lo sensible (tesis platónica) o son inmanentes a ello (tesis aristotélica).
      Esta introducción resulta necesaria para adentrarnos en el texto de Boecio, ya que aquellas son las fuentes que trabaja el comentador. En su Comentario a la Isagoge de Porfirio se ocupa del carácter ontológico del universal del que Porfirio rehúsa hablar, y encuentra en el dilema planteado una nueva forma de abordar la cuestión. Esa novedad introducida por Boecio es llamada “Giro gnoseológico” o “dimensión gnoseológica” y resultará fundamental para el debate sobre la cuestión de los universales.

sábado, 13 de julio de 2013

Decir, nombrar, crear: El poder de la palabra

Y Dios dijo: “Sea la luz”. Y fue la Luz. Y fue también, por medio de la palabra, la creación completa. Es que sólo hizo falta decir y nombrar para que el mundo estuviese allí, completo, rimbombante, con cielo, tierra, agua y seres y todo lo que Dios dispuso que hacía falta que existiera. 
La única herramienta de la que se valió –¿acaso por estar hechos a su imagen y semejanza es que se la debemos? Aunque, ¿quién está hecho a imagen y semejanza de quién?- para crear un mundo fue el lenguaje. El Génesis nos retrotrae, entre otras cosas,  a una idea nodal de nuestra cultura occidental: el poder creador de la palabra.
Este texto fundacional para nuestra sociedad nos acerca a la idea de un Dios creador que es capaz de dar existencia a una realidad, ordenarla y jerarquizarla por medio del lenguaje. Bastó que él dijese “sea” para que las cosas cobraran una entidad, para que toda la humanidad reposase en la simple y tranquilizante idea de que lo que se nombra, tal cual se nombra es, sencillamente, de una existencia clara, bondadosa, divina.
Por fortuna –tal vez- hubo quien desconfió un poco de la pureza de la creación por medio del lenguaje. Y mejor aún, hasta hubo quienes se preguntaron acerca del poder de la palabra al momento de nombrar, de crear una realidad, sobre sus alcances, sobre su pretendida claridad, sobre su cualidad de dar entidad a lo que es.
Así, por los años `50, Jean-Paul Sartre nos habla del poder de la palabra como herramienta develadora del mundo. Curiosamente, totalmente alejado de la idea de un Dios creador padre de nuestros destinos, el pensador francés abanderado del existencialismo, que promueve al hombre como hacedor de su propia vida (y su sociedad), rescata la palabra en su poder creador diciendo que el lenguaje es la herramienta de la que se sirve el hombre para nombrar el mundo. Este “nombrar el mundo” implica dar entidad a una realidad (ya no tan divina y bondadosa) de la que el hombre debe hacerse responsable como su hacedor. Para Sartre decir es dar existencia, tomar conciencia de la cosa, develar el mundo, y en consecuencia, poder hacer algo con él. Es la palabra, por lo tanto, la herramienta de creación que posibilita asir la realidad para cambiar aquello que se deba. El lenguaje, para los existencialistas, es una militancia. Decir es hacer. 
Claro que -y esto no está contemplado en el Génesis-, si algo está dicho, es porque hay algo que no se ha dicho aún. Esta deuda saldan los existencialistas cuando asumen que existe una realidad que nadie ha nombrado; sencillamente porque no nos es revelada todavía, o tal vez, porque no queremos asumirla como tal. Decir es elegir de qué queremos hacernos cargo, y en esa elección, como en todas las elecciones, algo queda fuera. Lo no dicho, lo silenciado, es el costado oscuro del que pareciera que ni Dios ni los hombres quisieron hacerse responsables. Nadie habla de lo que le incomoda, perturba o genera una responsabilidad que prefiere eludir.
Es en este punto donde la literatura florece como enredadera y todo lo abarca. Los mundos ficcionales son una forma de hablar de aquello que no se quiere nombrar en el incómodo “mundo real”. Y siguiendo el sendero de la  idea del poder creador de la palabra, un arte cuya herramienta es el lenguaje no puede más que crear, dar existencia, develar algo que es o que podría ser. Una inmensa gama de posibilidades se abre si pensamos en la relación que la literatura mantiene con el mundo: desde la literatura realista canónica y descriptiva que muestra pero no interviene, hasta el realismo de militancia como forma de critica y cambio operando directamente sobre lo real (lo que Sartre llamará “la praxis”); llegando hasta el surrealismo y las corrientes de ruptura que han propuesto la creación de mundos posibles paralelos que sean capaces de abolir o reinventar el mundo referencial en que se insertan sus propios creadores.
Éste último ha sido el caso de dos corrientes artísticas que han formulado un postulado de ideas revulsivo para su época: el Creacionismo y el Invencionismo. Con las palabras “crear” e “inventar” como estandarte, ambos han propuesto una ruptura con el mundo referencial, abriéndonos la puerta hacia un nuevo mundo posible.

Bienvenida Macedoniana

Macedoniana, sí, porque vi en Macedonio Fernández una legitimidad para mi incoherencia. Digámoslo así: escribió novelas, ensayos, cuentos, poemas y artículos periodísticos, pero se preocupó por cuestionar e indagar estas mismas categorías. También escribió cosas inclasificables que se editan generalmente bajo el título de “Misceláneas”. En su literatura, en sus ensayos, hay grandes ideas filosóficas y estéticas. Pura metafísica. Además era dueño de una personalidad singular, caprichoso y ocurrente. Y como si esto fuera poco, recibía a sus amigos en pantuflas.
¿Cómo no sentirse misteriosamente atraído por una figura así? Después de todo, uno es un pegote de cosas. Es las decenas de máscaras que se pone. Los personajes cotidianos que representa. La pluma que rige en cada ocasión.
Y porque la vida es múltiple y mis intereses se avienen a ello; y porque con la misma naturalidad que me rio de los chistes menos calificados escribo cosas que se pretenden serias, pues este es un espacio para que todo ello se reúna y se pegotee dando cuenta de lo que soy, o al menos, de algunas partes de todas esas caras. Autores, comentarios, literaturas, filosofías, investigaciones, libros, cuentos, reflexiones, recomendaciones, prosas extrañas son (y serán) parte de este espacio (y de mí).

Por eso nace “Macedoniana”. Porque la única manera que encuentro de explicar y justificar qué cosas son estas que aquí proliferan, es evocando a Macedonio, su creatividad, su sentido del humor, su sentido-sin-sentido y su filosofía.  Bienvenido al que quiera leer, bucear y prescindir de una coherencia que, debo confesarlo, ya me he resignado a no tener. ¡Y con gusto!