I.
Introducción
Thomas Hobbes, filósofo inglés profundamente aquejado por la crisis
política en que le tocó vivir, escribe el Leviatán (1651),
quizá su obra política de mayor relevancia, como
un gran tratado acerca de las cuestiones que más le preocuparon: la
unidad del Estado, amenazada por enfrentamientos religiosos y luchas
de poder, y el peligro terrible de la guerra civil, en la que se pone
en riesgo nada más y nada menos que la propia vida. Explica Norberto
Bobbio:
Hobbes está obsesionado por la idea de la disolución de la
autoridad, (...) por la disgregación de la unidad del poder,
destinada a producirse cuando se empieza a sostener que el poder ha
de ser limitado; dicho brevemente, por la anarquía, que es el
regreso del hombre al estado de naturaleza. El mal al que más teme
(…) no es la opresión, que deriva del exceso de poder, sino la
inseguridad, que por el contrario deriva del defecto de poder. Ante
todo la inseguridad en la vida, que es el primum bonum, y
luego la inseguridad de los bienes materiales, y finalmente también
la inseguridad de aquella poca o mucha libertad que a un hombre se le
ha concedido disfrutar en la sociedad. (Bobbio, 1991: 52-53)
Estas inquietudes son tematizadas en el Leviatán,
obra que se centra en la constitución de la República a partir de
un pacto entre los hombres, el cual les garantiza, a partir de la
renuncia y transferencia de sus derechos al soberano, la protección
de este, quien por su concentración de poder es capaz de hacer
efectiva la paz.
En el enorme edificio conceptual que es la obra de Hobbes, en el que
sobre un concepto o definición se va apoyando el siguiente, para
poder arribar a las nociones políticas, el autor parte de lo que se
llama la Teoría antropológica. Si el gran Leviatán o Estado está
conformado por el hombre, primero es necesario saber qué es y cómo
vive este. Entre los aspectos estudiados, además de los sentidos, la
imaginación, la razón, las pasiones, etc., encuentra su lugar el
lenguaje.
