viernes, 26 de marzo de 2021

Mamá es poeta

 ¿Me pasás el cuaderno que está ahí?

Ese no, hija. El que está arriba de la máquina.

No, el de los teléfonos no. El rojo.

No, no, tampoco. Ese tiene lo del médico, el otro.

¡No, Marianita, el rojo de los lunares!

A simple vista de hija, todos tienen dentro papeles y papelitos, facturas de luz, agua, gas, sobres de impuestos con cuentas en birome, papeles agarrados con clips -con más cuentas-, y retazos de colores metidos entre medio. Son distintos, pero se ven igual, a punto de reventar en una lluvia de cuadraditos por el aire. Sin embargo, hay uno que no, y lo descubrí la última navidad en su casa.

Marta, mi mamá, es brillante para las matemáticas y aún mejor modista. Experta del detalle, entendió los cuerpos reales de sus clientas con amorosidad, ajustando un poco aquí y allá, haciendo una curva más pronunciada o una pinza, para darle la dignidad de la belleza que cada cuerpo merece, frente a sí mismo y los espejos.

También es una gran cocinera. Platos voluptuosos de sabores adictivos. Ama cocinar. Y comer. La comida que prepara, además de deliciosa, es linda. Saca las fuentes del horno como si sacara un cuadro que en vez de ir directo a la pared fuera a la mesa. Y nadie, nunca-jamás-nadie, decoró el pastel de papa como ella: un cielo blanco lleno de copos esponjosos y largas estelas de tenedor.

Hay cientos de testigos de las bondades profesionales y culinarias de mi madre. Pero solo dos de sus dotes de poeta. Y me parece realmente injusto. Por eso quise contar lo que pasó ese viernes de navidad, por la tarde.

Estábamos de sobremesa y mamá me pidió el cuaderno rojo de los lunares. Lo abrió reteniendo la caída de varios papeles y buscó, ajustándose los anteojos, alguna cosa. Mi hermana bromeó, miraba a la distancia las hojas del cuaderno abierto, la tinta escalonada en los renglones.

-¿También escribís poesía?

Y mamá le dijo que sí.

-Sí -y sonrió.