domingo, 31 de mayo de 2015

Hombre, discurso y realidad en Mijaíl Bajtín

El texto que pondremos a consideración acerca de la relación entre discurso y realidad es “Hacia una metodología de las ciencias humanas”, de Mijaíl Bajtín. Se trata de una serie de apuntes escritos en 1974, a partir de un texto anterior del mismo autor, publicado a fines de los años treinta y principios de los cuarenta. Antes de morir, Bajtín preparó una versión de estos apuntes para su publicación, la cual Kozhinov hizo efectiva finalmente en 1975, luego de la muerte del filósofo.
En este material el tema central es el problema del conocimiento en las ciencias humanas. Bajtín distingue entre el conocimiento que aportan estas y el que aportan las ciencias exactas. Caracteriza a las ciencias humanas como una ciencia no exacta que interpreta estructuras simbólicas y los sentidos de esos símbolos. El sentido de las imágenes y los símbolos, para el autor, solo puede descubrirse y comentarse a partir de otros sentidos análogos, es decir, a partir de otras imágenes y símbolos, pero nunca pueden ser disueltos en conceptos puros. De acuerdo con esta concepción: “La interpretación de las estructuras simbólicas se ve obligada a ir en la infinitud de los sentidos simbólicos; por lo tanto no puede llegar a ser científica en el sentido de la cientificidad de las ciencias exactas” (Bajtín, 2011: 380). Esta interpretación de los sentidos, “es profundamente cognoscitiva. Puede estar al servicio de la praxis que tiene que ver con las cosas de una manera inmediata” (2011: 380). Entre estas ciencias coloca Bajtín a la filosofía en un lugar privilegiado respecto de las demás y distinguiéndola de las ciencias exactas: “La filosofía comienza allí donde se acaba la cientificidad exacta y donde se inicia otra cientificidad. Esta puede ser definida como el metalenguaje de todas las ciencias (y de todos los tipos del conocimiento y de la conciencia)” (Bajtín, 2011: 381). 
Por otro lado, las ciencias humanas se distinguen de las exactas por la forma que adopta el conocimiento. Mientras en las exactas es de carácter monológico, en las humanas es de carácter dialógico. Esto marca una profunda diferencia en el modo de concebir al objeto de estudio y al sujeto de conocimiento. 

I. Acerca de la idea de hombre
En las ciencias exactas, según Bajtín, el sujeto contempla el objeto y se expresa acerca de ello. Por lo que el sujeto es un sujeto cognoscitivo y enunciador, mientras que el objeto de conocimiento es percibido como una cosa sin voz, incluso si ese objeto fuese el hombre mismo. Por eso este tipo de conocimiento presenta un carácter monológico. 
Pero, para Bajtín, estudiar al sujeto como una cosa o mero objeto es un error, ya que no puede concebirse un sujeto, aunque este sea objeto de estudio, sin voz, ya que esta es su condición constituyente. Es decir, el sujeto es, esencialmente, sujeto hablante. El lenguaje es un aspecto constitutivo del ser del hombre.
Las ciencias humanas, entonces, tienen un carácter dialógico del conocimiento ya que el que conoce a otro sujeto necesariamente establece un diálogo con él, una relación de voces entre sujetos. La palabra se transforma, en este marco, en parte constitutiva de las ciencias humanas y en objeto de estudio.

II. El lenguaje
El hombre, decíamos, es esencialmente un hablante. Recibe durante su desarrollo una influencia extratextual que está revestida de palabras, tanto de palabras ajenas que el sujeto recibe de otros (su madre, por ejemplo) como de las impresiones de la naturaleza que están “preñadas de palabras” (2011: 383), y las reelabora dialógicamente transformándolas en propias u ajenas en tanto confronta dialógicamente con otras palabras ajenas. En este proceso consigue el hombre “apropiarse” de las palabras ajenas, borrar las marcas del otro, y formar su propia voz: “La palabras ajenas se vuelven anónimas, se apropian (en forma reelaborada, por supuesto); la conciencia se monologiza. Se olvidan también las relaciones dialógicas iniciales con las palabras ajenas: se suelen absorber las palabras ajenas asimiladas (...)” (2011: 383-384).
Una vez monologizada la conciencia, es decir, encontrada ya la propia voz, esta entra en un nuevo diálogo con voces ajenas. La conciencia creativa tenderá a dialogar e incorporar las voces ajenas como propias, y transformará a las voces ajenas anónimas en símbolos especiales: “la voz de Dios”, “la voz del pueblo, “la voz de la naturaleza”, etc.  
La palabra, carácter constitutivo del hombre, es un signo. Esos signos forman textos, y cada palabra adquiere un sentido dentro del texto, pero también conduce más allá de esos límites. Allí entra en relación con otros textos. La confrontación entre textos es llamada por el autor “comprensión”.  Esta comprensión puede darse en tres etapas de movimiento dialógico: el texto en su punto de partida; el texto en relación con contextos pasados; el texto en relación con un contexto futuro. Así, el texto se ilumina, es decir, adquiere sentido a partir de otros textos, y no a partir de realidades extratextuales, aunque estas serán importantes en las primeras etapas de desarrollo del hombre, pues ayudarán a constituir la voz del sujeto. 
A partir de estos puntos de contacto entre textos (texto-contexto), hacia el pasado y hacia el futuro, “aparece una luz que alumbra hacia atrás y hacia adelante, que inicia el texto dado en el diálogo” (2011: 382). El significado del texto en sí se dará por la comprensión en la primera etapa, por un contacto entre los elementos abstractos (los signos), pero el sentido surgirá en el diálogo con el contexto extraverbal, y en su relación con otros textos.

martes, 12 de mayo de 2015

La estructura de lo trágico

¿A qué llamamos tragedia? Usamos esta palabra con frecuencia para describir situaciones terribles, amenazantes o tristes. También la asociamos con sucesos negativos de gran magnitud, como  los accidentes con muchas víctimas, o incluso a situaciones que parecen sin salida o sin posibilidad de solución. Por lo general, la primera idea que asociamos con la palabra tragedia es la muerte. Sin duda estas cosas tienen que ver con la tragedia; esto demuestra que todos sabemos intuitivamente qué es, pero, sin embargo, resulta difícil intentar definirla.
El concepto de tragedia, entonces, no tiene que ver solo con la literatura, sino con la experiencia cotidiana. La realidad está llena de sucesos que nos resultan trágicos y que quedan en la memoria colectiva como tragedias: Los desaparecidos durante la Dictadura militar, las víctimas de Cromañón, el accidente ferroviario de Once, son algunos de los casos argentinos más actuales y de gran resonancia. Aunque, como se ve, sean muy distintos entre sí, todos son recordados y vividos como tragedias. 
La tragedia en el ámbito de la literatura se asocia inmediatamente con la tragedia griega, donde se manifiesta el origen de la palabra misma (1). En ellas los héroes trágicos se enfrentan a situaciones extremas o incluso a dioses, que los llevan a tomar decisiones que terminan por arrastrarlos irremediablemente a la muerte o a la destrucción moral, física y social. Dos famosos casos son el de Antígona, quien se enfrenta a las leyes del Estado y las transgrede por tomar la decisión de enterrar a su hermano muerto cuando estaba prohibido, lo cual la lleva al castigo y a la muerte; o el caso de Edipo, quien por intentar burlar su destino, escrito por los dioses, y por mantenerse en la ignorancia, comete el parricidio y además se casa con su propia madre, con quien concibe cuatro hijos, y al descubrir la terrible verdad se quita los ojos y se  destierra, castigo que significaba la destrucción moral y social de un ciudadano griego.
También se escribieron tragedias en distintas épocas y lugares. William Shakespeare, por ejemplo, escribió terribles tragedias en Inglaterra entre los siglos XVI y XVII, como Hamlet, Macbeth, Rey Lear u Othelo, en las que la traición en diferentes niveles y formas, arrastra a los protagonistas a la muerte sin escapatoria. También Federico García Lorca, en España, a principios del siglo XX, escribió obras teatrales cuyos personajes femeninos, atravesados por el autoritarismo, la incomprensión y la opresión, se ven afectados de tal manera que no pueden escapar al destino trágico y la muerte, como en Bodas de sangre o en La casa de Bernarda Alba.
Pero la tragedia como mirada sobre el mundo no tiene que ver necesariamente con la tragedia griega antigua, ni con las obras que culminan con la muerte de sus protagonistas. La estructura trágica se esconde detrás de muchas obras literarias de géneros diversos que no solo son teatrales: novelas, cuentos, poesías. En ellas, los personajes se enfrentan de forma inevitable contra distintas situaciones de la vida, en hechos que los llevan hacia la fatalidad. Muchas veces su tragedia está vinculada a situaciones extremas en la que les toca vivir y que los obliga a tomar decisiones que ponen en juego sus valores más profundos y todo lo que han construido de sí mismos y su alrededor, como es el caso de los poetas de la Guerra Civil Española, o incluso la novela Crónica de una muerte anunciada en la que el protagonista muere, a causa de una quizás falsa acusación de una mujer, sin que -por fatalidad o por negligencia- nadie pueda hacer nada para impedirlo.
Analizando, entonces, todos los casos mencionados, podríamos observar algunas características en común que nos permiten comprender cuál es la estructura trágica que subyace a toda tragedia:
En primer lugar, toda tragedia nace de un conflicto, un problema a enfrentar que pone al protagonista en una situación tensa, diríamos, “entre la espada y la pared”, sobre la que tiene que tomar algún tipo de decisión. En esa decisión que tome se pondrán en juego sus valores positivos o negativos que lo calificarán como persona, pero que también impactan de alguna manera en el resto de la sociedad. Este conflicto, por poner justamente en juego los valores del personaje, es llamado conflicto ético (2). Este conflicto ético abre generalmente dos posibilidades de acción, dos opciones, y cualquiera de las dos vías que se elija, traerá ciertas consecuencias negativas. 
Pensemos en Antígona: Antígona quiere enterrar a su hermano para que descanse en paz, pero la ley prohíbe enterrar a los traidores. Entonces, ¿lo entierra o no lo entierra? ¿Qué debe hacer? Ese es el conflicto que atraviesa Antígona, en la obra de Sófocles. Ese conflicto es ético pues para tomar la decisión debe poner en juego sus valores: se pregunta si debe respetar la ley de la costumbre y las creencias, o respetar la ley de Estado. Como vemos, se pregunta sobre el “deber”, sobre lo que está caracterizado como “bien” o “mal” hacer, por los valores aprendidos y por la sociedad. Por eso decimos que la tragedia en muchos casos no es solo personal, sino que tiene una dimensión social: la decisión tomada por el protagonista afecta de alguna manera el sistema de valores sociales aprendidos o vigentes en una sociedad. 
Cualquiera de las dos opciones que Antígona elija traerá una consecuencia negativa: si lo entierra, su hermano descansará en paz y ella habrá cumplido con sus creencias y costumbres, pero habrá violado la ley del Estado, y por ello deberá pagar un castigo, que es la muerte; si no lo entierra, cumplirá con la ley de Estado y vivirá, pero lo hará atormentada y destruida moralmente por no haber hecho nada para que su hermano descansara en paz. ¿Qué hacer entonces? ¿Qué elegir si cualquiera de las dos opciones la lleva a una situación terrible: la muerte o la vida llena de culpas y tristeza? Lamentablemente, la protagonista no tiene escapatoria, no puede resolver el problema sin salir afectada negativamente de la situación. Por eso mismo decimos que es una tragedia.
Una vez que el protagonista toma una decisión, sobreviene la aceptación de las consecuencias de esa decisión. Entonces, el destino que elige, debe aceptarlo y no podrá volverlo atrás, o cambiarlo. Debe asumir la consecuencia hasta al final. Es decir, al tomar la decisión sobreviene el destino irreversible. Antígona elige enterrar a su hermano, y sabe que eso traerá como consecuencia el castigo y la muerte por transgredir la ley del Estado. Ella asume esa consecuencia al efectuar la acción. Lo que le queda es esperar que ese destino se haga efectivo. Su novio trata de impedir ese castigo, también la madre del novio, pero todo es en vano: el destino irreversible no puede cambiarse, la consecuencia que desatan las acciones deben concretarse.
De esta manera, el destino irreversible siempre desemboca en la muerte o en la destrucción física, moral, social, psicológica y hasta económica del protagonista, y en muchos casos, también de sus seres queridos. Antígona muere encerrada en una cueva tal como era su castigo, pero además muere su novio Hemón, y la madre de este, al tratar de impedir el final trágico que ya no podía revertirse.
Esos son, finalmente, los tres pilares de la tragedia: se parte de un conflicto ético, a partir del cual se toma una decisión de acción, que lleva al protagonista a cumplir con su destino irreversible, el cual desembocará inevitablemente en la muerte o en la destrucción. Este es el núcleo de la tragedia.
Esta estructura trágica podemos encontrarla en las obras literarias, pero también en los sucesos cotidianos que solemos catalogar como tragedias. Muchas veces, situaciones muy pequeñas pueden terminar transformándose en tragedias al poner en juego valores importantes que nos atraviesan como seres humanos. Un cortometraje llamado “Tragedias minúsculas: un cuchillo entre los tenedores”, de Jean-Loup Felicioli y Alain Gagnol, plantea la historia de un hombre amante del orden, al punto casi obsesivo, que tras haber descubierto que su mujer ha puesto por error un cuchillo en el compartimiento de los tenedores, se siente ante un terrible conflicto ético: si le muestra su error, es posible que lo solucione en ese momento pero que lo vuelva a cometer y hasta se agrave su desorden con el tiempo, lo cual lo volvería loco; si no le dice nada, él no tendría conflicto con su mujer, pero enloquecería igual con ese “desorden”, y entonces tendría que matarla. 
Este hombre trata de postergar su decisión, pero al ver que con el tiempo ella no nota el error, el protagonista planea su venganza: decide poner el cuchillo en su lugar y además colocar una cuchara entre los cuchillos. De este modo, sobreviene el destino irreversible: si ella no nota el cambio en un tiempo (que es lo más probable que suceda), él la matará, pero, por otro lado, él ya estará “muerto” para ese entonces porque no puede soportar semejante desorden. Como vemos, la decisión de no decirle nada a su mujer para que ella sola lo descubra y “aprenda a respetar el orden”, llevó al protagonista al punto de su destrucción psicológica (y tal vez moral en el caso en que efectivamente matara a su mujer). Esta pequeña historia cotidiana llevada al extremo, resulta ser una tragedia.
En fin, vemos que la mirada trágica puede aplicarse a sucesos de la vida, pero también a las obras literarias. Esta estructura intenta hacernos pensar en los conflictos de valores que el hombre puede enfrentar, en la importancia de las consecuencias de nuestras decisiones y en la responsabilidad que debemos enfrentar. Pero además, nos hace notar que quizás no somos tan poderosos e infalibles como creemos, y que muchas veces, la presencia de fuerzas superiores al hombre mismo o situaciones complejas, que no puede manejar ni cambiar, lo arrastran a actuar de maneras terribles, muchas veces sin saberlo, y provocarse y provocar en los demás daños irreparables o, hasta incluso, la muerte. Estas han sido siempre las grandes preocupaciones del ser humano, desde los antiguos griegos, hasta la actualidad. Quizás es por ello que la tragedia sigue aún tan presente entre nosotros, cada día.

Notas:
(1) La palabra "tragedia" viene del griego τραγῳδία (tragodia) compuesta de τράγος (tragos=chivo) y ᾠδή (oide=oda, canción), o sea "Canción del chivo". Los griegos hacían fiestas dedicadas a Dionisio. En estas fiestas se sacrificaba un chivo. "Tragedia" era un himno religioso que se cantaba cuando el chivo era degollado públicamente.
(2) Ético es un adjetivo que deriva de la palabra “ethos”. Ethos es una palabra griega que significa "carácter" o también  "lugar habitual", "costumbre, hábito", equivalente a las costumbres latinas, y que se utiliza para describir las creencias o ideales que caracterizan a una comunidad, nación o ideología rectora. Ethos constituye la raíz de ethikos, que significa "moral, demostrando el carácter moral".


Fuentes citadas:
-Corominas, Joan (1987). Breve diccionario etimológico de la lengua castellana, Madrid: Gredos.
-Entrada “Tragedia”, en www.dechile.net , disponible en http://etimologias.dechile.net/?tragedia
-Felicioli, Jean-Loup y Gagnol, Alain (1999). “Tragedias minúsculas: un cuchillo entre los tenedores”, en Youtube, disponible en https://www.youtube.com/watch?v=FeB38ms8Z6g