lunes, 7 de julio de 2014

Boquitas pintadas: múltiples voces, múltiples encantos

La novela “Boquitas pintadas”, de Manuel Puig, publicada en 1969, abre un abanico de recursos narrativos rico y novedoso. A partir del trabajo con la polifonía y los géneros menores Puig elabora una obra emotiva y dinámica que irrumpirá de manera exitosa en el campo literario argentino.
“Boquitas pintadas” es la novela de las frustraciones, las desesperanzas y los recelos. Estos son los motores que ponen en movimiento a los personajes y generan enredos y desencuentros. Juan Carlos, un joven galán de Coronel Vallejos, un pequeño pueblo, conquista el corazón de Nené al punto de continuar constantemente presente en la vida de esta aun después de muerto. En este amor fallido entre ambos protagonistas se enlazan otras historias, se tejen otras intrigas: Celina, hermana de Juan Carlos, quien se opone a la relación y que abriga otros planes para su hermano, al igual que Leonor, su madre; Mabel, una acérrima competidora de Nené, no solo por la atención y el amor de Juan Carlos sino también por el estatus social y el reconocimiento; La Raba, cómplice de ambas mujeres en distintas circunstancias, quien termina siendo víctima de sus hipocresías; Pancho, amigo de Juan Carlos y compañero de aventuras, víctima también de este torbellino de odios y pasiones. En esta historia, todos son humanos, con errores y virtudes, y todos construyen, de alguna manera, el grueso tejido de desaciertos y fallidos amores en los que se sustenta la novela.
Para una trama que permita matices de sentido, Puig escribe a partir de la polifonía, es decir, elige que las voces de los distintos personajes aparezcan directamente en el relato para incorporar distintos puntos de vista. Esas voces aparecen a partir del uso de distintos géneros discursivos, llamados géneros menores, por su uso cotidiano y extraliterario, excluidos como formas narrativas de la literatura canónica. Las cartas (privadas, cartas de lectores, cartas formales), la agenda, el álbum de fotos, la crónica, las noticias periodísticas, oraciones religiosas, denuncias policiales, publicidades, actas judiciales, informes médicos, necrológicas, radioteatro, son algunos de los géneros que aparecen en la novela.
El uso de cada género particular permitirá introducir las voces directas de los personajes, que reproducen en la escritura, en algunos casos la forma del habla, en otros, las particularidades de escritura de cada tipo social al que representan. Por ejemplo, las cartas de Nené están llenas de frases hechas, lugares comunes y sentimentalismos, bien escritas, claras y ordenadas. Las de Juan Carlos, abundan en expresiones de la oralidad y faltas de ortografía. Los informes médicos reproducen el lenguaje técnico y abundan en estructuras descriptivas, y las denuncias policiales o actas están escritas con la jerga policial y respetan el estilo despojado y duro de este tipo de discursos.
El trabajo sobre los géneros menores, implica entonces, una forma de introducir lo popular, y una manera de dar un cauce pertinente a las diferentes voces del relato, pero además, nos permite adquirir la información sobre los hechos desde dos perspectivas distintas y complementarias: la perspectiva desde lo privado, con las cartas, agendas, oraciones religiosas, que muestran la dimensión interna e íntima de los personajes, sus emociones, sus valores, sus inquietudes; y la perspectiva desde lo público: los informes médicos, denuncias y actas policiales, noticias periodísticas, que enfocan los hechos desde afuera del punto de vista del personaje e introducen cierta información más “objetiva” que nos posibilita como lectores establecer una distancia reflexiva y ordenadora sobre los hechos ocurridos. En medio, y con una aparición casi minúscula, aparece una voz narradora en tercera que va hilando algunos frangmentos, sobre todo en aquellas entregas donde se presentan las cartas.
A la complejidad de perpectivas y géneros que construyen una obra fragmentaria que es necesario reconstruir, se suma otro recurso que introduce un nuevo nivel de complejidad: la intertextualidad. En este caso, la intertextualidad se da a partir de citas y alusiones a letras de canciones populares, películas y publicidades. Las citas son utilizadas como epígrafes, al inicio de cada entrega, y remiten a tangos y boleros famosos, que entran en relación de sentido con el contenido del capítulo. También el título es una cita tomada del tango “Rubias de New York”, que reza “deliciosas criaturas perfumadas, quiero el beso de sus boquitas pintadas”, de donde no solo saldrá el nombre de la obra sino también el encabezado de las dos partes en que está dividida la novela: “Boquitas rojo carmesí” y “Boquitas azules, violáceas, negras”, en referencia a la carga valorativa y emocional del conflicto y los hechos que se van desarrollando en cada parte, en uno positivos y alegres, en otro negativos y trágicos.

Ruptura y experimentación en la narrativa del siglo XX


La narrativa latinoamericana del siglo XX rompe con las formas de la narrativa tradicional que se venían dando hasta entonces. La innovación propuesta se desarrolla desde diferentes aspectos y a partir de muy distintos recursos. La ruptura con la narrativa anterior y experimentación con nuevas formas no ha sido casual: viene de la mano de un cambio en la concepción sobre el hombre, el mundo y la realidad.
Una de las marcas centrales del siglo XX es la idea de que la realidad no es una ni objetiva, sino que es una construcción a partir de los puntos de vista de sus participantes-observadores, concepción que conlleva a una supremacía del lenguaje y su capacidad para construir realidades por sobre los fenómenos en sí. De esta manera, los hechos “científicamente corroborables” y los fenómenos “objetivos”, que la racionalidad científica había colocado en el centro de la concepción del mundo y de la mirada del hombre, se desplazan dejando su lugar al lenguaje y los discursos que dan entidad de realidad a ciertos hechos. A partir de este cambio, el tema de la construcción y la búsqueda del sentido, los límites del lenguaje, y el poder del discurso para crear realidad se tornan los grandes ejes vertebradores de este siglo.
Este cambio trae como correlato literario la experimentación con las voces narrativas. Múltiples puntos de vista, y ya no uno y objetivo, construyen los relatos. Surgen los procedimientos de la focalización (punto de vista desde donde se cuenta algo) y de la polifonía (multiplicidad de voces), y el trabajo complejo con los distintos tipos de narradores. Por otro lado, también se intenta llevar al lenguaje a su límites y se indaga su naturaleza, su función y sus mecanismos. Un claro ejemplo de esta búsqueda es “Inmiscusión terrupta” (1969) de Julio Cortázar, relato en el que a partir de la elaboración de un nuevo lenguaje, el Gíglico, se muestran los dispositivos que se ponen en juego en la construcción del sentido por parte del lector, y los mecanismos estructurales del propio lenguaje. Palabras inventadas que siguen los modelos clásicos del castellano (uso regular de desinencias, terminaciones de sustantivos y adjetivos, reglas de concordancia de género y número, etc.) se mezclan con palabras de nuestro lenguaje cotidiano para producir un nuevo árbol de significaciones y, al mismo tiempo, una experiencia de ruptura con el propio lenguaje y reveladora acerca del funcionamiento del mismo y sus límites.
A la centralidad del lenguaje se suma otro cambio en la concepción del hombre respecto de su realidad: los sujetos ya no son pasivos observadores del mundo; estos intervienen en él interpretándolo, formándolo a partir de la manera en que aportan su propia subjetividad en la construcción de los hechos. De esta manera, los lectores tampoco seguirán siendo simples observadores, sino que interactúan activamente con la obra, y de alguna manera, también la interpretan y la construyen, como lo hacen con la realidad que los rodea.
Y así como en el mencionado cuento de Cortázar, el lector se ve obligado a pensar en la estructura de su propio lenguaje y a inventar y encontrar nuevos sentidos, con “Rayuela” (1963), del mismo autor, se ve involucrado en una aventura narrativa donde puede elegir cómo leer (de corrido o salteado) y reconstruir un relato de una forma dinámica a partir de la fragmentariedad, que lo obligará a bucear entre tonos, voces y experiencias expresivas múltiples. Con “Rayuela” nacía una nueva forma, revolucionaria, respecto de la estructura novelística, y además un nuevo modo de leer.
También el uso de la polifonía y los puntos de vista obligan al lector a participar activamente del relato. El recurso de las múltiples voces y múltiples focalizaciones nos obliga a pensar quién habla y cuáles son las intenciones, valoraciones y disposiciones que hay detrás de su discurso. Un mismo hecho es abordado por distintos narradores, pero ¿quién dice las cosas como realmente fueron? Tal vez todos, tal vez nadie. Es tarea del lector reconstruir ese rompecabezas y tomar posición ante los hechos narrados.