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viernes, 15 de enero de 2016

Escritura epistolar: El papel de la correspondencia en el “cuidado de sí”, en Michel Foucault

1.Introducción
Para Michel Foucault, la práctica de la escritura tiene un rol importante en la constitución del sujeto. En el marco de sus estudios sobre subjetividad y verdad, profundiza entre otros aspectos, en las relaciones que el sujeto entabla con la verdad mediante las prácticas de sí, de gran importancia para los antiguos griegos y romanos. Estas investigaciones son recogidas en La hermenéutica del sujeto, volumen que reúne una serie de cursos dictados en el College de France entre 1981 y 1982. Pero además, por esa época elabora una serie de artículos vinculados a las técnicas de sí, entre ellas la escritura, que profundiza el estudio de algunos aspectos puntuales trabajados en el curso. Este material era parte de un proyecto más general de publicación acerca de las técnicas de sí en la Antigüedad, que Foucault declara tener en mente, aunque no llega a concretar.
Con el objetivo de hacer una genealogía del sujeto y su relación con la verdad, Foucault estudia las prácticas de sí a partir de algunos textos pertenecientes al período comprendido entre el siglo I a.C y II d.C., en Grecia y Roma, tomando en cuenta dichas prácticas a partir de la filosofía platónica, estoica y epicúrea.

viernes, 31 de octubre de 2014

Las cartas que nunca llegarán

“Este es el rojo buzón de las cartas que nunca jamás llegarán”1, dice Alejandro Dolina. Pero también hay cajones, armarios y escritorios que guardan cartas que han sido escritas y jamás enviadas a sus destinatarios. El destino efectivo de estas cartas se torna incierto: serán destruidas, releídas celosamente, o quizás seguirán durmiendo en el silencio del encierro. Quién sabe. El caso es: ¿por qué escribir si no vamos a enviar?, y ¿por qué no enviar si hemos escrito?

A simple vista, pareciera lo mismo, pero no lo es. No escribimos cartas solamente con la intención de enviarlas. Ramón Gómez de la Serna2, por ejemplo, escribía cartas que dirigía a Ramón, es decir, a él mismo, acerca de los grandes problemas que lo aquejaban y su dificultad para asirlos: “Te elegí para crear un epistolario maestro en confidencias, y no acaban de salirme las que yo esperaba que nos aclarasen la vida”, se dice a sí mismo. La escritura para sí implicaba (igual que para todo el que se escriba a sí mismo) un profundo trabajo con la propia conciencia. En el proceso del yo en construcción, la escritura puede ser una poderosa herramienta clarificadora. Un buen ejercicio de autoconocimiento, de construcción de nuestra propia moralidad, pensaría Séneca.

En esta sintonía es necesario pensar en el efecto catártico de la escritura, y en la enorme cantidad de líneas que se han escrito pensando en un otro solo para reivindicarse uno mismo. Cuántos enojos, reclamos de amores truncos, llamados de atención persisten encerrados en cartas no enviadas. Es que escribir algo que no enviaré, pone al otro no en el lugar de un destinatario real, sino en el lugar del testigo de mi propio acto salvador. La palabra epistolar nos quita un enorme peso de encima, aclara, blanquea ante la propia conciencia y ante la imagen que tenemos del otro (destinatario), aquello que nos tortura y que debemos exorcizar. Se trata entonces, no de decirle al otro tal o cual cosa, sino de decírmelo a mí mismo.

Pero cuando escribo pensando efectivamente en el otro y en el envío, mi acto solitario de conciencia termina al poner el punto final y la firma. Escribir, materializar lo que pensamos o sentimos es hacerse cargo de su existencia. Allí, fuera de la conciencia, ante la posible mirada real del otro, nace la vergüenza, el miedo al rechazo, el miedo al juicio, el orgullo. ¿Estoy dispuesto a exponerme, desnudarme inerme, ante el otro? El acto de enviar la carta se transforma en una reafirmación o no de mi subjetividad. Franz Kafka escribió una carta a su padre, con la intención de acortar la distancia entre ellos, pero realizándole una dura crítica sobre el trato y la crianza que este le había proporcionado: “No hace mucho me preguntaste por qué yo afirmaba que te temía. Como es habitual, no supe qué decir, en parte por ese miedo y en parte porque la fundamentación de ese temor necesita demasiados detalles como para que yo pueda exponerlos en una conversación. Aún ahora, mientras te escribo, sé que el resultado ha de ser imperfecto, porque el temor coarta y porque la dimensión del tema supera en gran medida mi memoria y mi entendimiento”3. Su primera intención fue enviarla, y entrega esta carta a su madre para que se la haga llegar al padre. Pero días después, ella se la devuelve. Y la carta, finalmente, nunca llegó a su destinatario. Kafka la conservó consigo hasta su muerte. Un envío trunco en el que no quiso perseverar.

En fin, la caminata al correo, el dedo presionando “enviar” nos devuelve a una dimensión que ya no es ideal (ficcional), sino real y concreta. Esto tiene, claro, efecto pragmático sobre la realidad. El envío significa la clausura de un espacio lúdico e íntimo, “seguro”, dentro de mi propio control, para volverlo compartido y real, “amenazante”, donde la posibilidad de recepción positiva se reduce tan solo a la mitad. Tras el envío de la carta pueden rechazarme, odiarme, despreciarme, difamarme o retirarme la palabra para siempre. ¿Cuán dispuesto estoy a asumir esos riesgos?

¿Enviar o no enviar?, rezaría nuestro Hamlet interior. Enviar una carta es cambiar un estado de las cosas, operar sobre los otros. No enviar es operar solo sobre mí mismo y mi propia conciencia. La cartas que nunca llegarán trabajarán sobre nuestro yo, o indicarán, en su defecto, aquello en lo que es necesario seguir trabajando. Por eso, siempre es una buena idea llenar algún espacio libre dentro del cajón.

1Dolina, Alejandro (1998). Lo que me costó el amor de Laura. Opereta criolla, Buenos Aires: Planeta.
2Gómez de la Serna, Ramón (1959). Cartas a mí mismo, Barcelona: Editorial AHR.
3Kafka, Franz (1995). Carta al padre, Barcelona: Bruguera.

lunes, 7 de julio de 2014

Boquitas pintadas: múltiples voces, múltiples encantos

La novela “Boquitas pintadas”, de Manuel Puig, publicada en 1969, abre un abanico de recursos narrativos rico y novedoso. A partir del trabajo con la polifonía y los géneros menores Puig elabora una obra emotiva y dinámica que irrumpirá de manera exitosa en el campo literario argentino.
“Boquitas pintadas” es la novela de las frustraciones, las desesperanzas y los recelos. Estos son los motores que ponen en movimiento a los personajes y generan enredos y desencuentros. Juan Carlos, un joven galán de Coronel Vallejos, un pequeño pueblo, conquista el corazón de Nené al punto de continuar constantemente presente en la vida de esta aun después de muerto. En este amor fallido entre ambos protagonistas se enlazan otras historias, se tejen otras intrigas: Celina, hermana de Juan Carlos, quien se opone a la relación y que abriga otros planes para su hermano, al igual que Leonor, su madre; Mabel, una acérrima competidora de Nené, no solo por la atención y el amor de Juan Carlos sino también por el estatus social y el reconocimiento; La Raba, cómplice de ambas mujeres en distintas circunstancias, quien termina siendo víctima de sus hipocresías; Pancho, amigo de Juan Carlos y compañero de aventuras, víctima también de este torbellino de odios y pasiones. En esta historia, todos son humanos, con errores y virtudes, y todos construyen, de alguna manera, el grueso tejido de desaciertos y fallidos amores en los que se sustenta la novela.
Para una trama que permita matices de sentido, Puig escribe a partir de la polifonía, es decir, elige que las voces de los distintos personajes aparezcan directamente en el relato para incorporar distintos puntos de vista. Esas voces aparecen a partir del uso de distintos géneros discursivos, llamados géneros menores, por su uso cotidiano y extraliterario, excluidos como formas narrativas de la literatura canónica. Las cartas (privadas, cartas de lectores, cartas formales), la agenda, el álbum de fotos, la crónica, las noticias periodísticas, oraciones religiosas, denuncias policiales, publicidades, actas judiciales, informes médicos, necrológicas, radioteatro, son algunos de los géneros que aparecen en la novela.
El uso de cada género particular permitirá introducir las voces directas de los personajes, que reproducen en la escritura, en algunos casos la forma del habla, en otros, las particularidades de escritura de cada tipo social al que representan. Por ejemplo, las cartas de Nené están llenas de frases hechas, lugares comunes y sentimentalismos, bien escritas, claras y ordenadas. Las de Juan Carlos, abundan en expresiones de la oralidad y faltas de ortografía. Los informes médicos reproducen el lenguaje técnico y abundan en estructuras descriptivas, y las denuncias policiales o actas están escritas con la jerga policial y respetan el estilo despojado y duro de este tipo de discursos.
El trabajo sobre los géneros menores, implica entonces, una forma de introducir lo popular, y una manera de dar un cauce pertinente a las diferentes voces del relato, pero además, nos permite adquirir la información sobre los hechos desde dos perspectivas distintas y complementarias: la perspectiva desde lo privado, con las cartas, agendas, oraciones religiosas, que muestran la dimensión interna e íntima de los personajes, sus emociones, sus valores, sus inquietudes; y la perspectiva desde lo público: los informes médicos, denuncias y actas policiales, noticias periodísticas, que enfocan los hechos desde afuera del punto de vista del personaje e introducen cierta información más “objetiva” que nos posibilita como lectores establecer una distancia reflexiva y ordenadora sobre los hechos ocurridos. En medio, y con una aparición casi minúscula, aparece una voz narradora en tercera que va hilando algunos frangmentos, sobre todo en aquellas entregas donde se presentan las cartas.
A la complejidad de perpectivas y géneros que construyen una obra fragmentaria que es necesario reconstruir, se suma otro recurso que introduce un nuevo nivel de complejidad: la intertextualidad. En este caso, la intertextualidad se da a partir de citas y alusiones a letras de canciones populares, películas y publicidades. Las citas son utilizadas como epígrafes, al inicio de cada entrega, y remiten a tangos y boleros famosos, que entran en relación de sentido con el contenido del capítulo. También el título es una cita tomada del tango “Rubias de New York”, que reza “deliciosas criaturas perfumadas, quiero el beso de sus boquitas pintadas”, de donde no solo saldrá el nombre de la obra sino también el encabezado de las dos partes en que está dividida la novela: “Boquitas rojo carmesí” y “Boquitas azules, violáceas, negras”, en referencia a la carga valorativa y emocional del conflicto y los hechos que se van desarrollando en cada parte, en uno positivos y alegres, en otro negativos y trágicos.

viernes, 24 de enero de 2014

Epistolaridad II

Cartas de amor: ¿Quemarlas o comérselas?


Quien haya escrito y/o recibido alguna vez una carta de amor, podrá comprender la dimensión del problema. ¿Qué hacer con esas líneas fogosas de promesas incumplidas, de sentimientos ya truncos, de recuerdos amenazantes? ¿Qué entidad cobran esas cartas? 
Las cartas de amor son cartas llenas de vida. En ellas se codifican todo tipo de sensaciones, de fórmulas amorosas, de anhelos a futuro, que consisten, generalmente en cancelar la postergación del encuentro físico, en concretar la unión definitiva con el amante. El amor comunicado en ellas atemoriza, aturde, entristece tanto como enciende y vivifica. Bécquer le escribió alguna vez a la mujer que inspiró aquellos famosos versos “¿Qué es poesía? ¿Y tú me lo preguntas?/ Poesía… eres tú”: “(…) la palabra amor se deslizó de mi pluma en uno de los párrafos de mi carta. De aquel párrafo hice el último. Nada más natural. […] El amor es la causa del sentimiento, pero… ¿qué es el amor? Ya lo ves, el espacio me falta, el asunto es grande y… ¿te sonríes?... ¿Crees que voy a darte una excusa fútil para interrumpir mi carta en este sitio? (…) Te lo confesaré: tengo miedo”[1]. Miedo de algo tan grande.
Pero los amantes escriben cartas principalmente porque aún en la ausencia concreta, se tienen el uno al otro en ellas. A partir de la escritura, el destinatario se manifiesta a sí mismo y ante el otro, hace presente al escritor ante quien recibe la carta como una presencia casi física e inmediata; escribir es, dice Foucault, “‘mostrase’, hacerse ver, hacer aparecer el propio rostro ante el otro”[2]. El amante se presentifica en la lectura, y el remitente se vuelve papel para su amado. La escritura juega aquí un rol fundamental: “el cuerpo es capturado por la lengua”[3], dice Bouvet. La forma del trazo, el “recorrer” con la vista, el perfume del escribiente, el ritmo que se le imprime a la prosa, no es más que un indicio del propio cuerpo encarnado en el papel. 
Escribirse es amarse en abstracto. Y el mismo mecanismo de materialización del otro en la escritura pone en movimiento el motor de la necesidad, que Miguel Hernández reclama: “Tus cartas son un vino/ que me trastorna y son/ el único alimento/ para mi corazón […] Aunque bajo la tierra/ mi amante cuerpo esté/ escríbeme, paloma,/ que yo te escribiré”[4]. La escritura es puro acto performativo: se ama en el mismo acto de escribir. En cada palabra se hace el amor.
La carta se vuelve, entonces, un fetiche. Es el cuerpo del amante. Las palabras se tornan corporeidad, soy leído y el otro es leído, recorrido, degustado. Lo único que tenemos es el papel. Pero es un papel tan fuerte simbólicamente/materialmente que anula la ausencia. Y se posee al otro, poseyendo la carta: se huele, se duerme con ella, se la besa, se estruja contra el pecho. 
Pero qué pasa cuando el amor acaba y queda allí el cúmulo de cartas. Qué sucede con esos fragmentos de un cuerpo que alguna vez fue amante. ¿Qué hacer en el desamor con las cartas de amor? 
Si se dejan disponibles, presentes, resultan una tortura para el que ya no ama o no es amado, porque la ausencia de ese cuerpo está materializada, y resulta amenazante. El amante siempre puede volver, no físicamente, sino en las cartas, con la relectura. Por nostalgia, por rencor, por amor (aunque malogrado), podrá volver una y otra vez el destinatario a sus líneas preferidas, o a buscar señas que antes no había hallado, o simplemente a degustar de la evocación, prolongando el sufrimiento, aletargando el duelo.
Los más sensatos, entonces, deciden deshacerse de ellas. Algunos, los más corajudos, las devuelven. Otros las queman.

miércoles, 22 de enero de 2014

Epistolaridad I


Escribir cartas: Un diálogo con los fantasmas

La escritura de cartas es una práctica antiquísima. Los egipcios, los griegos, los romanos entendían muy bien su potencialidad: comunicarse con el otro sorteando las barreras del tiempo y del espacio.
En la actualidad nos resultan cercanas otras formas, distintas, parientes lejanos de aquellas primeras cartas en tablillas para los antiguos, en pergaminos, en rollos  y en papel  para los modernos. Ellas son hijas de la revolución tecnológica, quien nos hereda nuevos soportes, más rápidos, más efectivos en acortar tiempos y espacios, aunque, a mi gusto, menos pintorescos. El e-mail, el “mensaje de Facebook” lo atestiguan. Pero ¿qué tienen en común estos formatos para poder emparentarlos? Y mejor aún, ¿qué hace que este género perviva en el tiempo?
La carta (misiva, epístola, esquela) está configurada según Nora Bouvet[1] a partir de una matriz epistolar. Esta matriz es más bien un espacio móvil que se debate en ciertas tensiones: Presencia-ausencia; Público-privado/secreto; Continuidad de espacio tiempo; Envío-desvío. Estas categorías habilitan una enorme gama posible en la escritura de las misivas. Pero hay algo que la marca inexorablemente: la carta se escribe en la ausencia del otro. Sin ausencia, no hay epístola.
Decía Kafka: “Es en efecto una conversación con fantasmas (y para peor no solo con el fantasma del destinatario, sino también con el del remitente) que se desarrolla entre líneas en la carta que uno escribe, o aun en una serie de cartas, donde cada una corrobora la otra y puede parecerse a ella como testigo”[2]. Conversar con la ausencia del otro pareciera a simple vista algo poco ventajoso. Uno estaría tentado de considerar que se escribe porque estamos imposibilitados de tener al otro cara a cara. Un lastimero parche para un agujero enorme. Pongamos la lupa en esto.
En el proceso de escritura, el escribiente está solo. Podríamos suponer entonces que el discurso se hermana casi (aunque sabemos que el pudor —y el sostener la ficción— no siempre lo permiten) con el fluir de la conciencia. Al remitente le nacen palabras desnudas que corren sin mediaciones a los ojos del otro. Pero esto está bastante lejos del verdadero proceso. La ausencia del otro nos permite explayarnos, sí, pero también construirnos. La escritura crea una nueva imagen, un nuevo cuerpo (textual) que se tiene el tiempo de meditar, recortar, rehacer y estetizar. Le muestro al destinatario, en mi carta, lo que quiero que vea de mí. Ventaja que no tenemos si lo convivial nos acecha (¡Cuánto supo de esto el mismo Kafka demorando por escrito el encuentro con sus amantes!).
Por otro lado, el destinatario ausente es construido por el escribiente a su medida. Se transforma en un otro perfecto: es quien entenderá nuestro discurso, quien nos dedicará el tiempo necesario a nuestras inquietudes y, sobre todo, el que jamás interrumpirá cuando se está hablando. Excelente punto a tener en cuenta para los habladores enfervorizados. Pero además, ese otro construido, durante el proceso de escritura deja de alguna manera su condición de ausente para presentificarse en la voz que dialoga silenciosamente con el remitente, en el recuerdo, en la evocación. Lejos pero cerca. La escritura de sí “mitiga los peligros de la soledad”[3], explica Foucault. “Porque te tengo y no/ Porque te pienso”[4], escribía Benedetti.

viernes, 23 de agosto de 2013

Carta I: Kafka, epístolas, literatura, escritura y conocimiento

Durante unos años he cultivado el género epistolar con un entrañable amigo y poeta con quien hemos buceado en temas como la literatura, la música, la filosofía, la plástica, el tango, el alma, la creación artística, los dolores existenciales… la vida. Como fruto de ese intercambio maravilloso nos ha quedado un valioso tesoro de más de cien cartas.  Esta es solo una de ellas, quizás la que concentra algunas de mis preocupaciones más persistentes. Compartirla hoy es volver a pensar en la literatura como objeto de estudio y en la escritura como objeto de creación. 
Ahora ya no es nuestra. Es de todos. Gracias al destinatario por sus alas y su generosidad.


Franz Kafka, de quien me siento más que cercana, afirmaba un 21 de Agosto de 1913: “No soy más que literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa”; vaya convicción, ¿no? Si solo pudiera tener aunque sea una milésima de la certeza y la pasión (y por qué no la obstinación también) que tuvo este hombre para con la literatura... Harold Bloom apunta al respecto que Kafka funda su espiritualidad en el concepto de Indestructibilidad, esto es que el proceso de gnosis (conocer el yo profundo de nuestro yo) está dado esencialmente por la paciencia mediante la cual se accede al conocimiento y por la Indestructibilidad que posee el hombre dentro, como un impulso vital encubierto que hace que cuando ya no se puede más, sin embargo, se siga adelante. Aunque en realidad este impulso de indestructibilidad sea (paradójicamente) autodestructivo en sí, es lo único que nos anima a seguir buscando ese conocimiento del yo y nos hace soportar lo insoportable.
Esta indestructibilidad es la que Kafka transforma en su propia religión en el sentido de su búsqueda de la espiritualidad mediante la escritura, escritura que se le hace carne, que no puede abandonar, aunque lo lleve a su autodestrucción y al mismo tiempo al conocimiento de su yo profundo. Escribir es conocerse. O encontrarse, en cada línea, un poco más. 
Kafka me resulta verdaderamente una figura admirable, admiro su literatura, su pasión que es casi un padecimiento, su obstinación, su capacidad para adentrarnos en un mundo absurdo e incomprensible... desde su simple y compleja, al mismo tiempo, humanidad.
Estudiando a mi amigo Franz encontré un texto curioso, que me pareció interesante compartir con usted. Le dice, o mejor dicho, le escribe Kafka a Milena Jesenská:

(...)Toda la desdicha de mi vida —No quiero con esto quejarme, sino hacer una observación de interés general— proviene por así decirlo de las cartas o de la posibilidad de escribirlas. Las personas casi nunca me han traicionado, pero las cartas, siempre; y en verdad no las ajenas, sino justamente las mías. En mi caso es una desgracia muy especial, de la que no quiero seguir hablando, pero al mismo tiempo es también una desgracia general. La sencilla posibilidad de escribir cartas debe haber provocado —desde un punto de vista meramente teórico— una terrible desintegración de almas en el mundo. Es en efecto una conversación con fantasmas (y para peor no solo con el fantasma del destinatario, sino también con el del remitente) que se desarrolla entre líneas en la carta que uno escribe, o aun en una serie de cartas, donde cada una corrobora la otra y puede parecerse a ella como testigo. ¿De dónde habrá surgido la idea de que las personas podían comunicarse mediante cartas? Se puede pensar en una persona distante, se puede  aferrar  a una persona cercana, todo lo demás queda más allá de las fuerzas humanas. Escribir cartas, sin embargo, significa desnudarse  ante los fantasmas, que lo esperan ávidamente. Los besos por escrito no llegan  a su destino, se los beben por el camino los fantasmas. Con este abundante alimento se multiplican, en efecto, enormemente. La humanidad lo percibe y lucha por evitarlo; y para eliminar en lo posible lo fantasmal entre las personas y lograr  una comunicación natural, que es la paz de las almas, ha inventado el ferrocarril, el automóvil, el aeroplano, pero ya no sirven, son evidentemente descubrimientos hechos en el momento del desastre. El bando opuesto es tanto más calmo y poderoso, después que el correo inventó el telégrafo,  el teléfono, la telegrafía sin hilos. Los fantasmas no se morirán  de hambre, y nosotros en cambio pereceremos.

Y la transcribí completa, porque me parece maravillosa, simple pero enormemente poética. “Conversar con fantasmas”... eso es lo que me impulsó a citarlo, pues de eso se tratan verdaderamente las cartas, de conversar con los propios fantasmas y con el del destinatario. 
Le cuento, entonces, a su fantasma que he leído cuentos, novelas y cartas de Franz Kafka. No puedo dejar de reconocer su genialidad en los tres géneros, porque verdaderamente Kafka era literato, y porque afortunadamente su gran obsesión fue escribir. ¿Quién no se sintió como Gregorio Samsa alguna vez? ¿Quién no se siente parte de un aparato absurdo y aplastante como la ley o la burocracia misma que leemos en el Proceso de Josef K.?
Este fue uno de los primeros autores que adopté como propios, quizás porque fue uno de los primeros “grandes” que leí. No se imagina la cantidad de veces que por la mañana me tocaba la cabeza al despertar temiendo tener antenas...
El tema de la angustia, el absurdo, la obstinación, la vulnerabilidad de los personajes dentro de aparatos que los devoran, esos animales extraños (¿los seres humanos, quizás?) que asimilan con naturalidad la rareza que ellos son y que es el mundo mismo, la incomunicación, la incomprensión, todo este mundo Kafkiano siempre me fascinó y envolvió, pero por sobre todo me hizo pensar, mucho, muchísimo...
Y hoy me toca estudiarlo, como quien examina bajo una o dos formulitas algún ejercicio matemático facilongo, y me pregunto... ¿Vale la pena esto Franz? ¿Es así que se accede a la literatura? ¿Así se accede a la espiritualidad? ¿Es necesario estudiar la literatura para sentirse colmado, pleno de ella, para sentirse literatura? ¿Es así que se mitiga la necesidad de escritura? Pero Franz, como tantos otros, nunca va a contestarme, aunque yo sienta que hay algo que nos hermana, aunque yo sienta que puedo comprenderlo y que a veces soy presa de su mismo padecimiento. La única respuesta que él dejó vagando en el aire de sus textos es, tal vez, la misma que encontré en las palabras de Gudiño Kieffer, y cuya idea parece decirme que la literatura puede ser al mismo tiempo un instrumento de salvación y una condena. 
Mi única esperanza para comprender algunas de estas cuestiones es que esta respuesta valga tanto para los grandes como para los mediocres, entre los cuales levanto la mano y doy mi presente reglamentario, mientras con la otra sigo escribiendo, y escribiendo, y escribiendo...